¡Es la incompetencia, estúpido!

En 1934 Walter B. Pitkin de la Universidad de Columbia escribió un libro de 300 páginas titulado “Una Breve Introducción a la Historia de la Estupidez Humana“. Al final del libro dice:

Epílogo: ahora estamos listos para empezar a estudiar la Historia de la Estupidez.

Nada sigue.

En la opinión de Pitkin, cuatro de cada cinco personas son lo suficientemente estúpidos para ser llamados “estúpidos”. Eso equivaldría ahora mismo a más de cuatro mil ochocientos millones de personas.

50 años después, el profesor Cipolla de la Universidad de Berkeley escribió un ensayo titulado “Las leyes básicas de la estupidez humana” que resume en 5:

  • Siempre subestimamos el número de gente estúpida;
  • La probabilidad de que una persona sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de la persona.
  • Una persona estúpida es alguien que ocasiona daño a otra persona, o a un grupo de gentes, sin conseguir ventajas para ella misma –o aun resultando dañada.
  • La gente no estúpida siempre subestima el poder de causar daño de la gente estúpida. Constantemente se les olvida que en cualquier momento, y bajo cualquier circunstancia, el asociarse con gente estúpida invariablemente constituye un error costoso.
  • Una persona estúpida es la persona más peligrosa que puede existir.

Al que Livraghi añadió 3 corolarios demoledores:

  • En cada uno de nosotros hay un factor de estupidez, que siempre es más grande de lo que suponemos.
  • Cuando la estupidez de una persona se combina con la estupidez de otras, el impacto crece de manera geométrica, es decir, por multiplicación, no adición, de los factores individuales de estupidez.
  • La combinación de la inteligencia en diferentes personas tiene menos impacto que la combinación de la estupidez.

¿A qué viene todo esto?

Hace poco el Journal of Management Studies en un artículo afirmaba que la estupidez mejora la eficiencia en las organizaciones. Si en una organización muchas personas hacen sugerencias interesantes sobre las decisiones, el trabajo se ralentiza, entorpeciendo la productividad. Sin embargo, en un ambiente de “estupidez funcional”, la productividad mejora.

Si eres excepcionalmente apto para el ejercicio de una actividad, puedes permanecer más tiempo estancado en tu puesto de trabajo ya que tu superior deseará mantenerte a su servicio. Esto puede originar a largo plazo frustración cuando no vemos recompensados los esfuerzos y la mayor capacidad.

En una época en la que muchas organizaciones sustituyen la meritocracia por una suerte de mediocrecracia, prospera una fauna de incompetentes aparentemente eficaces pero que en realidad apenas aportan valor a la empresa. Hay un tipo de estúpidos que pueden ser mantenidos en cualquier organización si no se desea que cambie nada en ella; su presencia asegura que nada va a variar. Un profesional con talento puede ser molesto porque genera cambios, pide más, propone ideas… Cuando alguien no es precisamente brillante, lo cierto es que no molesta. No tiene iniciativa, ni buenas ideas.

Estos profesionales son buenos mantenedores y si tienen gente a su cargo, son meros capataces, en lugar de verdaderos responsables dentro de la organización. Y son claramente visibles porque tienen un complejo de inferioridad enmascarado por comportamientos a menudo agresivos; poseen un mecanismo de resentimiento contra los colegas o colaboradores con más talento y competencias profesionales, que les lleva a rodearse en la formación de sus equipos y en las promociones de perfiles grises que no destaquen por encima de él; y a impedir la promoción del talento y la competencia.

Y el error de partida de todos estos incompetentes reprimidos pasa por querer hacerlo todo lo más rápido posible, sin fijarse en cual es el objetivo a largo plazo, sin ver más allá que cumplir lo que le pide su superior sin cuestionarse su sentido o necesidad, y estresando a sus subordinados para cumplir lo que luego irá a parar la basura.
Aquí se puede dar el famoso principio de Peter, atribuido a Laurence J. Peter, que dice así:

“En una jerarquía, todo empleado tiende a ascender hasta su nivel de incompetencia”.

¿Hay que ser estúpido o incompetente?

marktwain

Si abrimos los periódicos, podemos ver múltiples ejemplos en la Administración, la política o las empresas de cómo la falta de responsabilidades supone que ser  incompetente no tenga ninguna consecuencia.

Esta crisis que padecemos es una crisis de la excelencia en la gestión pública y privada, y una apoteosis de lo mediocre, tanto en la empresa como en la política. Estamos asistiendo así al triunfo de la incompetencia. Una persona es competente cuando posee una serie de valores que le permiten desarrollar su trabajo de forma eficiente y efectiva. Si una persona no es competente para el puesto en el que está desarrollando su labor profesional, tendría que asumir una responsabilidad legal y social.

El problema real es cuando a la incompetencia se une la estupidez, entendida como aportaciones que lejos de generar valor, lo destruyen; cuando el trabajo se ralentiza no por aportaciones constructivas e inteligentes sino por cuestiones baladíes y sin sentido.

El esfuerzo ya no está de moda, todo lo que supone sujeción o disciplina austera se ha devaluado en beneficio del culto al deseo y de su realización inmediata como si se tratase de llevar a sus últimas consecuencias el diagnóstico de Nietzsche sobre la tendencia moderna a favorecer la “debilidad de la voluntad”, es decir la anarquía de los impulsos y tendencias y, correlativamente, la pérdida de un centro de gravedad que lo jerarquiza todo.

Y la honestidad solo sirve para nuestra satisfacción moral, porque lo contrario es lo social y económicamente rentable, al menos en este país. Y la moralidad empieza a escasear últimamente.

¿Cómo podemos permitir que nuestras mentes más brillantes tengan que emigrar? ¿Cómo podemos permitir que sigan libres los que hunden empresas destruyendo miles de puestos de trabajo? ¿Cómo pueden seguir en el poder personas imputadas? ¿Cómo puede haber diversos niveles de justicia?

Mientras no cambiemos y valoremos la excelencia y la honestidad seguiremos siendo lo que somos.

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